
Esta semana ha sido muy dura debido a los muchos cambios laborales a los que me estoy teniendo que enfrentar. He decidido emprender por mi cuenta, y cómo todos sabemos, no es para nada fácil. Y cómo no, ha aparecido por mi mente de todo, que igual no soy capaz, que no estoy preparada, que no sirvo, y una larga lista de pensamientos agotadores muy propios de mi excesiva exigencia. Y esto acaba detonando el muy nombrado y conocido síndrome del impostor.
Porque al final, el síndrome del impostor es esto: dudar de mis capacidades y habilidades, ignorando mi recorrido y lo conseguido. Nos desconectamos completamente de nosotros mismos y tememos que los demás “descubran” que no somos lo que pensaban. Que sepan que les hemos engañado.
Que levante la mano: ¿quién ha sentido alguna vez que era un fraude o un impostor? Probablemente si me estás leyendo habrás levantado la mano, aunque sea solo mentalmente. Si es así, te compadezco y espero que este artículo te ayude a manejarlo un poquito mejor.
Y es que al final, lo hables con quien lo hables, todo el mundo parece que está pasando por lo mismo: algo que nos persigue en esta sociedad donde parece que hay que dar el 300% y llegar a todo.
Pero, ¿por qué pasa esto? Y lo más importante, ¿cómo me deshago de él?
Me encantaría que la respuesta a estas dos preguntas fuera sencilla; decirte que el síndrome del impostor te pasa porque te exiges mucho y que al final para quitártelo te debes exigir menos. Sin embargo, esto sería muy simplista (aunque tiene algo de verdad) y todo aquel que me conoce y me sufre sabe que soy una persona muuuy complicada. Pero tirando una lanza a mi favor, todos lo somos en cierta medida.
Para mí el síndrome del impostor tiene algo más de chicha en la mayoría de los casos. Se suele asociar con personas más perfeccionistas y exigentes donde esta idea de fraude o no ser suficiente se mantiene a lo largo de diferentes momentos y facetas a lo largo de su vida, a pesar de lo que vayan consiguiendo. Sin embargo, para llegar hasta aquí debe haber un porqué.
Por ello, no podemos reducir el síndrome del impostor únicamente a un alto perfeccionismo y autoexigencia y a dar unas simples pautas; sino que hay casos en los que requiere profundizar un poco más para entender de dónde vienen. El síndrome del impostor, desde mi punto de vista, puede provenir de varios factores:
- Una sociedad extremadamente exigente: vivimos en una sociedad muy competitiva, que cada vez demanda más de nosotros para poder llegar a puestos de trabajo decentes. Parece que hay que trabajar muy duro si quieres que te vean. Yo tengo pacientes muy jovencitos con veintipocos años ya enfocados única y exclusivamente en la productividad y acumular más títulos, prácticas, etc., para poder acceder a determinados puestos de trabajo.
- Las altas expectativas que se ponen en nosotros: el “hay que poder con todo”; el “esfuerzo tiene recompensa”. Y en esto podemos incluir lo que queramos, no solo el ámbito laboral; también la capacidad de cumplir con nuestros roles sociales o de conciliar las diferentes esferas de nuestra vida. Y la realidad es que no se puede con todo y no siempre el esfuerzo lleva de la mano una recompensa. Esto hace que vivamos pensando que si no llegamos a algo, automáticamente somos un fraude y un fracaso. Nos pone una meta tan alta y difícil de alcanzar que nunca será suficiente.
- La falta de refuerzo y reconocimiento: el no haber recibido o habernos dando el reconocimiento y refuerzo suficiente, hace muchas veces que vivamos desconectados de nosotros mismos y nuestras cualidades. Nos impide ver qué nos ha traído hasta aquí y desvaloriza los pasos del camino. Sin esto, junto con lo de arriba, hace imposible sentir que lo que hacemos es suficiente. Y esto también lo sostiene esos valores que tenemos en nuestra raíz que nos insiste en ser humildes, en no destacar… Como si reconocer lo buenos que somos fuese algo negativo y que nos llevase inevitablemente a la soberbia. No es así. El refuerzo de cualquier tipo nos ayuda a continuar y aumentar las ganas de seguir, fortalece nuestra autoestima. Nos ayuda, en definitiva, a poder seguir creciendo y mejorar.
- Automachaque y autocastigo: pensamos que si nos exigimos más y nos machacamos, vamos a llegar más lejos. Esto no es una idea espontánea, sino producto de la forma de educar de generaciones anteriores y de cómo estaba sostenida la sociedad. La realidad es que a nadie a quien le grites va a caminar más rápido. Además, parece que si no nos tratamos así y por el contrario, somos algo más amables, nos relajaremos y no llegaremos a donde queremos. No es cierto.
- Nuestra propia historia: nuestro propio entorno influye en cómo nos vamos desarrollando como personas. Hay muchas cosas que nos van marcando: los valores que se nos inculcan en casa, los mensajes que escucho desde que soy muy pequeño, el si hubo refuerzos o no y de qué tipo, el cómo se vincularon conmigo, etc. Y a esto se suman nuestras posteriores experiencias que pudieron reforzar o no lo vivido. Esto, sin querer, determina una parte de nuestra personalidad y nos hace desarrollar herramientas para ir sobreponiéndonos y adaptándonos al entorno. Al final, aquí se desarrollan nuestras primeras ideas sobre el mundo y cómo movernos en él. Por ello, muchas veces detrás de esa extrema exigencia o perfeccionismo suelen haber niños que asociaron su valía a las cosas que conseguían. No voy a detenerme en temas de apego o trauma que seguro que algunos de ustedes conocerán porque en las RRSS está muy presente, pero si uno quiere entender una de las bases de su falta de reconocimiento y síndrome del impostor es importante que pueda conectar con Su historia, con los valores que eran importantes en casa y qué es aquello en lo que se nos ha insistido desde que somos muy pequeños. El cómo te hablas y por qué te hablas así. A veces incluso, solo hemos copiado lo que hemos visto en nuestras figuras de referencia.
En mi casa siempre fue el ser buena persona y ayudar. Maldita la hora. Porque ese ser buena persona y ayudar no viene con letra pequeña. No te dicen: “Oye que si tú no quieres o no estás pasando por un buen momento, no ayudar no significará ser mala persona. Puedes elegir”. No, el mensaje es: “Mujer… qué te cuesta”. Solo de pensarlo se me ponen los ojos en blanco. Porque sin querer, invalida nuestro derecho a no dar siempre el 100% y nos hace pensar que solo por no darlo, no somos tan buenos.
Al final los padres son personas humanas y lo hacen como pueden con las herramientas que tienen y han aprendido. Deshacerse de lo que está en las raíces cuesta mucho, y aun así, no terminas de extirparlo del todo. Pero no podemos obviar que todo lo que ellos hacen nos influirá de alguna forma. Y claro está, cada niño lo absorberá de formas diferentes y desarrollará unas herramientas u otras. Lo importante de todo esto es que puedas verlo para poder entenderte mejor e intentar cambiar lo que quieras y puedas.
Al final estos son algunos de los factores que nos pueden estar influyendo cuando se activa nuestro síndrome del impostor. Seguro que se me escapa alguno, pero estos serían los más importantes a mí parecer para poder entendernos mejor.
Con lo cual, el porqué de tu síndrome del impostor lo tienes que descubrir mirando en ti, haciéndote preguntas como estas, por ejemplo: ¿por qué dudo de mí mismx y mis capacidades?, ¿de dónde viene esa creencia de que no soy capaz o suficientemente buenx?, ¿soy consciente de cuál ha sido mi recorrido para llegar aquí?, ¿me reconozco y refuerzo?
Y una vez que puedas ir conectando con eso y separando lo que es social de lo que he mamado desde muy pequeño, podrás entenderte mejor y ponerle mayor conciencia para poder pasar al siguiente paso: intentar cambiarlo.
No existe una receta mágica, pero a veces el conocernos mejor nos ayuda a aprender a ser menos duros y tiranos con nosotros mismos, y valorar más nuestros logros y cualidades, que al final son los que nos han traído aquí. En esto muchas veces nos ayuda la terapia, nos ofrece una guía de cómo transitar ese camino que quizás nos cuesta solos.
Y créeme, todos pasamos por aquí en algún momento, hasta la persona que te escribe ahora mismo se siente así a veces, en este momento de mi vida más todavía.
Así que espero que al menos esto te haga parar a reflexionar, conectar contigo, entenderte en vez de juzgarte y machacarte. Porque la realidad es, ¿cuándo te ha funcionado realmente eso? Te lo digo yo: NUNCA. Aunque a veces te intentes convencer de lo contrario.
Si quieres dejarme algún comentario o pedir cita puedes hacerlo más abajo y estaré encantada de ayudarte en lo que pueda.
Gracias por leerme